Transporte de vino en la Antigüedad, ¿cómo funcionaba?

Transporte de vino en la Antigüedad, ¿cómo funcionaba?

In Sobre el vino, Uncategorized by Fatima Cimadevilla

Basta con repasar la historia del vino para comprender un hecho que fue clave en sus propias crónicas: su transporte. Algo que, lejos de ser secundario, ha marcado muchos de los hitos más importantes de su pasado. Solo gracias al transporte de vino, éste logró llegar a lo que hoy conocemos como Europa. Y solo así pudo quedarse a vivir, a lo largo de los siglos, con nosotros como parte de nuestra propia identidad.

Lejos de las facilidades de hoy, la logística del vino en la Antigüedad era mucho más delicada. Su transporte podía comprometer por completo la calidad de un determinado caldo. Algo que, lejos de ser un inconveniente como tal, fue un auténtico motor para su expansión. Y no hablamos únicamente de los campos de cultivo que comenzaron a cambiar el paisaje, o del aprendizaje de los pueblos de la época sobre el cultivo de la vid. Este desarrollo se hizo extensible, también, a compartir las claves de la viticultura.

Pero comprender cómo llegamos hasta aquí pasa por conocer cuáles eran los medios de transporte de vino en la Antigüedad. La mejor forma de hacernos una idea de los motivos que llevaron a los distintos pueblos de la época a cultivar sus propios viñedos.

EL ÁNFORA, EL RECIPIENTE DE VINO MILENARIO

El comercio de vino es tan antiguo como su cultivo. Por eso, comprender cómo se transportaba pasa por remontarse al siglo XV a.C. Una fecha en la que nació el recipiente por excelencia de la Antigüedad: el ánfora. Un recipiente cerámico con cuello estrecho y provisto de dos asas, que surgiría en Líbano y Siria para extenderse por todo el mundo antiguo en poco tiempo.

Estos recipientes tenían una capacidad de entre 25 y 30 litros, y su uso inicial era muy amplio. Por un lado, porque en sus albores no servía únicamente para vino o aceite: también se utilizaba para otros alimentos como uvas, cereales o pescados. Pero además de esto, el ánfora tenía diferentes utilidades. Servía para transportar, sí. Pero también se empleaba para almacenar.

El principal inconveniente que presentaba el ánfora es que no se trataba de un recipiente estanco. La falta de cierre hermético procuraba, en muchas ocasiones, que el vino no llegara correctamente a su destino. La lentitud de los transportes sumada a la falta de preservación del vino incidía directamente en la calidad del caldo.

EL TRANSPORTE A TRAVÉS DE LOS SIGLOS

Curiosamente y a pesar de todos los inconvenientes que hemos visto, el ánfora fue usado durante muchos siglos. Tantos que no sería hasta bien entrado el siglo XVII cuando el ánfora encontraría reemplazo. Un sucesor que, sin duda, nos resulta mucho más familiar: la botella. El sistema que vendría a relevar, para siempre, a este recipiente clásico.

La razón es sencilla: la importancia del corcho para el vino, capaz de preservar el vino del oxígeno, cambiaría por completo el sistema de transporte de vino.