El vino en la Segunda Guerra Mundial

El papel del vino en la guerra

In Vivir el vino by Fatima Cimadevilla

Como compañero de la Humanidad que es, el vino también tuvo un papel predominante en algunos de los momentos más comprometidos de la historia humana. Hablamos, precisamente, de los episodios oscuros que forman parte de nuestras páginas. Precisamente en tiempos de guerra, el vino ha jugado un papel clave. Uno alejado de su objetivo como bebida rica en matices y destinada al placer. Y es que, durante distintos enfrentamientos bélicos de los últimos siglos, el vino ha sido tesoro, botín e, incluso, arma bélica.

El germen del peso del vino en la guerra se remonta a la Antigüedad. Y es que era esta bebida uno de los primeros bienes incautados a los pueblos conquistados por parte de los conquistadores. Una historia que se repite en los convulsos episodios que vivió el Mediterráneo durante siglos. El Imperio Romano fue, precisamente, uno de los principales saqueadores de vino. Un robo que llevó a tal extremo que, si pasamos revisa a los dioses del vino, descubriremos que los romanos amoldaron al dios griego del vino a su propia cultura.

Pero si ha habido un momento bélico en el que el vino ha tenido un papel relevante es en la historia más reciente de Europa. En los dos momentos más delicados de nuestra vida reciente, y que marcaron el siglo pasado. Nos referimos a las dos grandes guerras que asolaron el mundo.

Dos momentos que están íntimamente ligados con el vino y que tuvieron Francia como escenario de su protagonismo.

EL PAPEL DEL VINO EN LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Antes de entrar en más detalles sobre el papel del vino en la Primera Guerra Mundial, hay que saber que el vino ha estado presente de manera histórica en las guerras. Es tal su importancia que, en muchos ejércitos incluso de la Antigüedad, se suministraba alcohol a los combatientes para paliar la ansiedad del combate y paliar los miedos.

El papel del vino en la Primera Guerra Mundial

A pesar de esto, no sería hasta la Primera Guerra Mundial cuando esto se convertiría en algo regular. Y es que sería entonces cuando el vino comenzaría a formar parte de la dieta oficial de los soldados. En el caso de las filas francesas, media botella de vino formaba parte de su dieta diaria. Algo que se repetía en otros ejércitos, si bien el resto de tropas se inclinaban más por el brandy, el vodka o las cervezas.

Este suministro a los soldados, que buscaba fundamentalmente anestesiar sus sentidos, provocó un desabastecimiento de vino en las mesas del continente.

LA ESCASEZ DE CULTIVOS EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Con el final de esta primera contienda, Europa tuvo que reponerse de sus efectos. Algo que, más allá de las consideraciones políticas, pasó una increíble factura al campo.

La destrucción de la guerra había asolado los cultivos, haciendo de la tierra una yerma. Añadido, el increíble número de bajas provocadas por las batallas mermó en gran medida la capacidad de las zonas productoras. Faltaban hombres, caídos en combate o heridos de por vida para cualquier trabajo físico. Así fue como mujeres, ancianos y niños tuvieron que tomar forzosamente el relevo de una labor destinada hasta entonces, fundamentalmente, a las manos masculinas.

El papel del vino en la Segunda Guerra Mundial

A pesar de la desesperanza inicial, las zonas vitivinícolas de Europa retomaron su labor. Un tarea trabajosa que lograría, poco a poco, volver a llevar el vino a las mesas del continente. Algo que coincidiría, precisamente, con el alzamiento del nazismo en Alemania. Un movimiento que, en su país de origen, gozaría de buena reputación por un motivo: el crecimiento económico del país previo al enfrentamiento.

Un momento de éxtasis social que se midió por la presencia de dos alimentos en los banquetes de las clases acomodadas: el jamón y el vino.

LA OCULTACIÓN DEL VINO

Como botín de guerra que fue, la Segunda Guerra Mundial deja en sus anales uno de los momentos más hermosos de la historia del vino. Uno en el que se pone en valor su carácter de arma estratégica no bélica, pero sí efectiva sobre los resultados de una batalla. Y es que el nazismo decidió instalarse en dos de las regiones viticultoras por excelencia de Francia: Champagne y Burdeos. Dos zonas en las que optaron por el no enfrentamiento una vez el país galo fue conquistado por una razón: conseguir suministro de vino regular. Una táctica que siguió al saqueo inicial de vino como botín que sufrieron estas dos regiones, estimado en cerca de dos millones de botellas solo en la zona de Champagne.

La necesidad de comerciar no se debía más que a la imperiosa exigencia por parte de Berlín de contar con botellas de vino. Una instrucción dada desde la cúpula del nazismo, y que buscaba fundamentalmente dos objetivos: evitar los saqueos de las bodegas y garantizar la existencia de caldos de calidad en sus mesas. El primero se logró gracias a las órdenes germanas. El segundo contó con la resistencia de la sociedad productora de vino francesa, que consideraba indignos los paladares nazis para sus vinos.

El vino en la Segunda Guerra Mundial

Dado que negarse a comerciar con ellos conllevaba una pena de muerte, el pueblo galo fue mucho más creativo. Un ingenio que provocó una guerra paralela a la mundial, que ha llegado incluso a llamarse la guerra del vino en los libros de historia. Y es que, para evitar que sus grandes caldos llegaran a Berlín, los franceses optaron por engañar de manera reiterada a los comerciantes militares nazis. Algo que consiguieron protegiendo sus grandes vinos en bodegas cubiertas con plantas, emparedando sus vinos tras un tabique de ladrillo o simulando abandono en cavas que estaban a pleno rendimiento.

UNO DE LOS MEJORES BOTINES DE LA GUERRA

Por si esta pícara maniobra no fuera bastante, los franceses emplearon todavía otra más. Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, los vinos franceses llevaban tres malas cosechas consecutivas. Algo que repercutía directamente en la calidad de sus vinos y que, lejos de ser un problema, lograron revertir en positivo. Una forma de dar respuesta a la demanda nazi, que consideraba el vino francés un auténtico botín de guerra, pero oponiendo resistencia de una manera solapada a sus demandas.

Y es que buena parte de las demandas de vino de Berlín se vieron cubiertas con vino de mala calidad. Uno ocultado bajo las etiquetas que sí gozaban de beneplácito en las mesas del Tercer Reich. Es más: fue tal la picaresca francesa que los productores simulaban la antigüedad de las botellas, utilizando ceniza para simular el polvo.

Pero no sería solo ese el papel del vino en esta primera guerra. Documentado por los propios alemanes, llegó a decirse que el vino podría cambiar el destino de una batalla. O, más específicamente, el Champagne. Y es que las tropas alemanas, llevados por un auténtico frenesí alcohólico durante su estancia en esta región francesa, se vieron mermadas por consumir este vino espumoso durante su proceso de fermentación. Es más: Otto Klaebisch, comandante nazi al frente de esta región francesa, aseguraba que cerca de 16.000 integrantes de su ejército podrían haber muerto como consecuencia de la ingesta inadecuada de champagne.

Episodios de nuestro pasado que evidencian un hecho. Que el vino, incluso en tiempos de guerra, juega un papel fundamental en la historia de la Humanidad.

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