¿Cómo afectan el clima y la geografía al vino?

¿Cómo afecta el clima y la geografía al vino?

In Sobre el vino by Fatima Cimadevilla

Hablar del vino es hacerlo, irremediablemente, de la tierra. No es solo la cuna de cada vino. Es también esa madre que imprime carácter sobre cada caldo, impregnándolo de su propia personalidad. El vino es hijo de la tierra y, como tal, está íntimamente ligada a ella. Por eso la influencia del clima y la geografía es insalvable. Y es que no dejan de ser dos aspectos que definen enormemente tanto la calidad como el carácter del vino.

La relación del vino y la tierra es conocida. Reconocer un determinado caldo es posible en gran medida por las notas y matices que pueden paladearse en él. Unas características que definen, en gran medida, las distintas Denominaciones de Origen que existen y que identifican los caldos producto de su tierra.

Sabemos cómo afecta el cambio climático al vino pero, antes de llegar a ese escenario nada halagüeño, ¿sabemos cómo afecta la climatología e, incluso, la altura al vino? Descubramos algunas pinceladas para hacernos una idea de la importancia de ambos factores en los sabores, texturas y personalidad de un vino.

TIPOS DE SUELOS

Es, quizás, uno de los factores decisivos para el vino. Y es algo plenamente lógico. La vid crece anclada al suelo, y es a través de él como toma buena parte de los nutrientes que permiten crecer a la planta. Para ello, hay una serie de componentes geológicos que facilitan el crecimiento y desarrollo de la planta.

Entre esos suelos ideales para el vino figura uno con una composición muy específica. Hablamos de suelos en los que se combinen arcilla y piedra caliza. Dos elementos fundamentales no solo para el crecimiento de la vid sino, también, para imprimir personalidad en un caldo. Dos elementos que se dan en los viñedos de Carlos Serres, y que estampan su singular carácter en nuestros vinos. ¿Cuál es el efecto de este tipo de suelo en los caldos? Sencillo: vinos más estructurados.

Cómo afecta el tipo de suelo al vino

Los suelos pedregosos también tienen una incidencia importante en la maduración de la uva en lugares fríos. Las piedras acumulan calor durante el día y lo desprenden cuando cae la noche. Y, lejos de ser algo secundario, es fundamental para promover la acumulación de azúcares de las uvas. Pero, además de la temperatura, tienen carácter de humidificador: al ser porosas, pueden almacenar agua de lluvia. Un hecho que permite, en momentos de sequía, refrescar el ambiente.

Además de estos aspectos geológicos, el suelo ideal para la vid es aquel pobre en materia orgánica, con profundidad y con un buen drenaje. Un trío de ases ideal para el desarrollo de la vida.

LAS CORRIENTES OCEÁNICAS Y LOS VIENTOS

Por más que creamos que los océanos no tienen influencia en el vino, sí que ponen su propio acento sobre el vino. Y es sencillo comprenderlo: las masas de agua se movilizan y, con ellas, hay fluctuaciones importantes de temperatura tanto en el agua como en el ambiente. Esto tiene un peso específico en el desarrollo vegetal de las vides que crecen cerca de la costa.

Aunque esto pueda parecernos secundario, las corrientes oceánicas pueden retrasar, adelantar o, incluso, provocar la maduración de la uva. Un factor con el que los viticultores pueden jugar pero que, en ocasiones, también pueden arruinar una cosecha.

Algo similar sucede con los vientos. Curiosamente, buena parte de los viñedos de nuestro país están situados en zonas ventosas. Y, lejos de ser algo casual, responde a una buena razón: la incidencia del viento puede tener una utilidad sana para la vid. Gracias a él, las uvas pueden secar rápidamente después de las lluvias. Algo que, sobre todo en época de sol, puede ser clave para evitar que los racimos se estropeen.

Cómo afectan las corrientes oceánicas al vino

Sin embargo, el viento también puede traer consigo desastres entre las vides. Y es que según el tipo de viento y su fuerza, puede hacer caer los racimos al suelo. De ahí que, en determinados lugares productores de vino como Ródano, se creen cortinas de árboles para frenar la embestida del viento.

VALLES Y RÍOS

Dos de los accidentes geográficos que también son definitivos para el vino. Y, curiosamente, tienen un comportamiento similar a lo que acabamos de ver respecto a los océanos y el viento.

Por un lado, los valles. El hecho de que un buen número de viñedos estén situados en ellos no es casual. Esta ubicación permite proteger al viñedo sobre todo del viento. Algo importante especialmente en la época de floración de las vides. Incluso la situación de un viñedo en una determinada zona de un valle incide sobre la uva. Aquellos que optan por el fondo del valle son especialmente propicios para lograr producciones mayores, ya que cuentan con condiciones climatológicas más estables y suelos habitualmente fértiles. Pero si se opta por ubicar un viñedo en una pendiente, estaremos facilitando la exposición solar de las vides.

Y si los valles suelen ser máxima en el mundo del vino, también lo son los ríos. Por un lado, propician una cierta humedad ambiental que ayuda a regular la temperatura. Por otro, pueden ser una herramienta de maduración de la uva: el reflejo del agua sobre las hojas podría aumentar la temperatura de la planta.